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Los buenos deseos

Si alguna expresión se oye con frecuencia en estos días es ¡MUCHAS FELICIDADES! Hay que reconocer, sin embargo, que lo que pronuncian los labios no siempre coincide con lo que siente el corazón. Nuestro mundo es un medio hostil y duro porque en él reina la injusticia y el odio. Por eso los deseos de felicidad se estrellan contra un muro casi infranqueable. El egoísmo ha hecho presa de muchos de nosotros, impidiendo que seamos capaces de crear felicidad a nuestro alrededor. Queremos ocultar esto lanzando al aire, como consignas, deseos de una felicidad que no propiciamos, mientras aprovechamos para hacer regalos que, en la mayoría de los casos, nada solucionan. Pero de lo que huimos es del compromiso de hacer posible que este mundo sea habitable, y no nos queda otro remedio que mirar, con horror, cómo el vicio, el crimen, la maldad y las más sórdidas pasiones se enseñorean de nuestras calles. El gran remedio que necesita la trágica enfermedad que padece el mundo lo dio Jesús hace ya mucho tiempo. Esta maravillosa medicina que recetó es muy alabada, pero muy poco usada. Si en lugar de hablar tanto de amor nos amásemos de verdad, el mundo sería diferente. Amamos, casi siempre, de dientes para afuera. Como dice Santiago: Si a un hermano o a una hermana les falta la ropa y el pan de cada día, y uno de vosotros les dice: “Que os vaya bien; que no sintais frío ni hambre”, sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? (2,15-16). Eso es lo que se vuelven muchos de los deseos de felicidad en estos días: palabras que se lleva el viento. Los cristianos hemos de estar dispuestos a cumplir con el mandamiento que Jesús nos dejó. Yo, tú, cada uno de nosotros, somos responsables de una pequeña parcela de nuestro mundo. ¿Hay en ella felicidad? ¿Haces todo lo posible para que los tuyos se sientan bien? ¿No serás culpable, con tus defectos, caprichos o debilidades, de que a tu alrededor reine la desdicha?. Resolver eso no es tarea del vecino, ni de los políticos, ni de los líderes de la Iglesia, sino tuya. Quizás pensamos que es bonito desear felicidad, pero nada hacemos para proporcionársela, aunque sea un poquito, a nuestros semejantes. Cuando vayamos a decir: ¡Muchas felicidades!, recordemos que esa expresión no sirve de nada si no va acompañada de hechos. Pues como dice el refrán: “¡Obras son amores, que no buenas razones!”

 

ARNALDO BAZÁN

La adoración que agrada a Dios

Dios quiere todo de nosotros. Dios no quiere una parte de tu vida. Pide todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y todas tus fuerzas. A Dios no le interesan los compromisos a medias, la obediencia parcial y las sobras de tu tiempo y dinero. Quiere tu devoción plena, no pedacitos de tu vida. A Dios le agrada la adoración en verdad. La adoración debe basarse en la verdad de las Escrituras, no en nuestra opinión acerca de Dios. Jesús le dijo a la mujer samaritana: “los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren”. Cuando Jesús dijo que debemos “adorar en espíritu” no se refería al espíritu Santo sino a nuestro espíritu. Fuimos creados a imagen de Dios y por tanto, somos un espíritu que reside en un cuerpo, y El diseñó nuestro espíritu para que pudiéramos comunicarnos con El. La adoración es la respuesta de nuestro espíritu al espíritu de Dios. Cuando Jesús dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y toda tu alma” quería decir que la adoración debe ser autentica y sentida, de corazón. No se trata solo de decir las palabras correctas; debes creer en lo que dices. ¡La alabanza que no brota del corazón no es alabanza!

Cuando adoramos, El mira mas allá de nuestras palabras, observando la actitud de nuestro corazón. La Escritura afirma: “La gente se fija en las apariencias, pero Yo  me fijo en el corazón”. Dios odia la hipocresía. No quiere teatralidad, ni fingimiento, ni farsas en la adoración. Quiere nuestro amor sincero y verdadero. Podemos adorarlo con imperfecciones, pero no con falta de sinceridad.

 

Rev. Samuel Torres

nuevavida.wordpress.com