Hebreos 1:1-3

Cristo vino para enseñar a los seres humanos lo que Dios quiere que sepan. Arriba en los cielos, abajo en la tierra, en las anchas aguas del océano, vemos la obra de la mano de Dios. Todas las cosas creadas atestiguan su poder, sabiduría y amor. No obstante, ni las estrellas ni el océano ni las cataratas nos enseñarán a conocer la personalidad de Dios, tal como nos fue revelada en Cristo. Dios vio que se necesitaba una revelación más clara que la naturaleza para retratar a lo vivo su personalidad y carácter. Mandó a su Hijo al mundo para que manifestara, en la medida en que la humana visión pudiera mirarlos, la naturaleza y los atributos del Dios invisible. Habiéndose humanado, Cristo vino al mundo para ser uno con la humanidad, y al mismo tiempo revelar a nuestro Padre celestial a los hombres pecadores. Aquel que había estado en la presencia del Padre desde el principio, Aquel era la imagen expresa del Dios invisible, era el único capaz de revelar a la humanidad el carácter de la Deidad. Cristo representó el carácter de Dios y se consagró siempre al servicio de Dios y del hombre. El tema de la redención ocupará la mente y la lengua de los redimidos por las edades sin fin. El reflejo de la gloria de Dios se verá por la eternidad en el rostro del Salvador.
“Reflejemos a Jesús”. Ellen G. White Writings