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Ser santos

No es novedad para nadie el hecho de que Dios sea santo. Pero puede causar sorpresa que Dios ordene a los de su pueblo que sean santos. Si creemos que eso es imposible, las razones pueden ser dos. En primer lugar, si nuestros ojos espirituales están puestos sobre nuestra capacidad y devoción al Señor, entonces seguramente afirmaremos que es totalmente imposible tornarnos santos. De hecho, “…para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios” (Mr. 10:27). Es de fundamental importancia percibir que la santificación de un pecador solamente es posible “…porque yo Jehová soy vuestro Dios … Yo Jehová que os santifico” (Lev. 20:7-8) y, además, “…la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes. 4:3). Pero nuestra incredulidad es un obstáculo concreto. En segundo lugar, es posible que tengamos conceptos equivocados de lo que sea ser santo. Antes de considerar uno de los aspectos importantes sobre santidad, es importante entender lo que no es ser santo. Una persona santa no es alguien que no peca. Mientras vivamos en este cuerpo no estaremos libres de la presencia del pecado. Los que aman al Señor odian al pecado, pero también pecan. Mas gracias a Dios por Jesucristo, Señor nuestro, porque “si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). Una persona santa no es alguien que, poco a poco y con mucha devoción y esfuerzo, intenta mejorar su vieja naturaleza, su carne. Cuando Dios nos santifica, El no aprovecha nada nuestro, no perfecciona lo que está eternamente contaminado por el pecado, sino que se deshace de lo viejo y en su lugar coloca algo suyo, algo perfecto y eterno. Ser santo es ser separado por Dios y para Dios. El Señor nos llama a una vida separada para El. Separación para Dios es santidad. En Cristo fuimos santificados, fuimos separados para Dios de una vez para siempre. Debemos prontamente permitir que Dios manifieste esa realidad eterna y consumada en nuestra experiencia diaria. ¡Con confianza y fe en El, proclamemos: somos santos, porque El es santo!

 

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