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Fuertes de espíritu pero de corazón tierno

Fuertes de espíritu pero de corazón tierno, así es como Martin Luther King interpreta la premisa que  da Jesús a los apóstoles cuando los envía a predicar: “sed astutos como serpientes, pero inocentes como palomas”. Por fuertes de espíritu, entiende la necesidad de tener una mente aunque abierta a la vez crítica, saber discernir lo falso de lo verdadero, tomar conciencia. Ejercer nuestra capacidad de raciocinio, desentrañar el meollo de la cuestión; no dejar llevarnos por habladurías. Luego tener un corazón compasivo. Si tu mente es racional y analítica pero  tu corazón es frío puedes convertirte en una persona cruel, de ahí la necesidad de cultivar la compasión por el prójimo: esta es la piedra angular. Porque solo es posible ir un paso mas allá cuando nos guiamos por el amor al prójimo. Ver el dolor y no  conmoverse; entonces ¿Cómo podemos generar cambios? A través de la compasión adquirimos perspectiva.

Fuertes de espíritu pero de corazón tierno, para Martin Luther King era una frase que compendiaba la conducta del ser humano frente a los retos que la vida nos plantea.

El habló para personas que no tenían la vida fácil y les enseño las herramientas para trascender el caos aparente de la realidad, en busca de lo justo. Vivimos momentos aciagos. Cuando una persona está a punto de terminar su prestación por desempleo o a punto de perder la vivienda… en momentos así la tragedia campa a sus anchas. Parece que no hay esperanza. Sin embargo a veces, viendo el logro de otras personas que han recorrido caminos, que en esos momentos eran impensables, como Martin Luther King, puede ayudarnos a plantearnos las cosas de una manera distinta. El pasó por momentos muy difíciles, no olvidemos que terminó asesinado por lo incomodo que resultaban sus discursos. A través de la violencia solo se consigue más violencia. Y si algo logramos es a un coste tan alto que no merece la pena. El fin no justifica los medios, por eso hay que cultivar un espíritu fuerte y un corazón tierno.

 

Reflexiones cristianas

 

Justicia

Una noticia contaba que una mujer vació una olla de agua hirviendo sobre los pantalones de su huésped de diecinueve años. ¿La razón del hecho? El joven había cometido abusos deshonestos con la hija de la mujer. La niña tenía cinco años.

«Lo que esta mujer hizo —dijo el juez— es justicia humana a secas. Pero de todos modos, debo condenarla a dos años de cárcel.». Muchas veces se producen casos como éste. Hacemos justicia con nuestra propia mano. ¡Cuántas veces cuando nos damos el lujo de ejercer el rol de jueces, de inquisidores, habremos hecho afrenta del Santo Nombre de Dios…! Las leyes humanas actuales, las que se usan en el ejercicio de la actual jurisprudencia, no permiten actos de condena ni mucho menos de ajusticiamiento popular. Si las leyes humanas se reservan ese derecho, ¡Cuanto más las leyes divinas, que verdaderamente sí tienen su razón!. No importa quién tenga el derecho de administrar el juicio —si los gobiernos, los jurados, los jueces, los grupos, o si la persona ofendida—, sino que tarde o temprano ese castigo, llega. La sabia ley divina que dice: “Cada uno cosecha lo que siembra” (Gálatas 6:7) se cumple de modo inexorable. El mal que hacemos a otra persona nos perseguirá toda la vida. Todo lo que hacemos, decimos, tramamos, maquinamos, e incluso cuando sólo pensamos en contra de otra persona (la cual es la imagen y semejanza del mismísimo Dios Viviente, pues es la obra creadora de sus manos), se nos revertirá ineludiblemente con la contundente e implacable pero justa disciplina de Dios, pues como El mismo dice en su palabra: “Mía es la venganza; yo pagaré…” (Heb 10 : 30). Sin embargo, como todos hemos cometido nuestras propias fechorías, ¿quién entonces podrá vivir en paz?. He aquí el misterio de la gracia de Dios. Él, Dios, mediante nuestro arrepentimiento, no sólo nos perdona sino que también transforma nuestro corazón. Vemos aún a nuestros enemigos con corazón arrepentido, con perdón y con amor, y lo primero que queremos hacer es estar en armonía con aquellos a quienes hemos ofendido. Esta es una experiencia inexplicable pero cierta, y nos puede ocurrir a nosotros. Por ello,  entreguemos nuestra vida a Jesucristo hoy mismo y vivamos en la paz que Él quiere darnos.

Reflexiones cristianas