El cielo es real

Este es el título de una película basada en hechos reales. Trata de la experiencia de un niño que, tras haber estado al borde de la muerte después de una intervención quirúrgica, asegura haber estado en el cielo, y haber visto a Jesús.

El cielo divino, ese cielo que no es tangible, del que no tenemos una imagen física. Muchos, por ello, dicen que no existe. Pero para la Biblia, el cielo es muy real. Detalles de ese cielo los podemos ver en numerosas citas. Por ejemplo, en Isaías 66:1 nos dice que  El cielo es el Trono de Dios. En marcos 16:19 nos dice que Jesús está sentado a la diestra de Dios. En Juan 14:2 nos dice que En el cielo también hay un lugar para los que creemos.

Es verdad que no lo vemos, pero en su momento lo veremos, porque tenemos una promesa explícita de Jesús, que nos asegura que el cielo es definitivamente un lugar real.

Pero ahora estamos en la tierra. En ella vivimos. Y sabemos que esta vida es efímera. Como dice la Biblia, es un peregrinar, el tamaño de una mano, un barco veloz, un soplo, el hilo que corta el hilandero, la diligencia de un mensajero. Palabras muy poéticas para decir, en resumen, que la vida es corta, insegura, irrevocable y cambiante, y tiene su fin.

Esa es la vida que vemos. La que vivimos hoy y que nos marea, la mayoría de las veces. Muy difícil de lidiar, pero sabemos que si ponemos nuestra mirada más allá de lo que vemos, tendremos una perspectiva que nos permitirá soportar esas pruebas y desilusiones que nos van llegando.

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Corintios 4:17-18).

Debemos dedicar nuestro tiempo y sabiduría a lo eterno. ¿Y por qué? ¿Vale la pena el cielo que se nos tiene prometido? Bueno, vamos a ver lo que nos dice la Biblia.

En 1Ts. 4:13-14 el paraíso es descrito en la Biblia como el lugar de descanso de la iglesia triunfante, aquellos que duermen en la presencia del Señor, y esperan la resurrección de los muertos. De manera que están en alma y espíritu sin un cuerpo material, hasta el día de la resurrección; esta condición recibe el nombre de estado intermedio. Es tan profundo y sublime el descanso, que en cuestiones idiomáticas se usa la palabra griega PARADEISOS que viene de PAIRIDEZA, término persa que alude a los palacios de descanso de los soberanos persas. Para los orientales esos palacios eran lo máximo. Por tanto al cielo cristiano se le describe como lo máximo.

Y allí en el cielo veremos, por poner algunos ejemplos más de lo que describe la Biblia,Al Padre en su majestad, Los tronos del Padre y del Hijo, Sus santos ángeles, Calles de oro, puertas de perlas, cimientos de piedras preciosas, muros de jaspe, ciudad de oro puro como el cristal, y el pueblo de Dios vivirá allí, los que están inscritos en el Libro de la Vida del Cordero. Sus puertas nunca serán cerradas. No habrá más noche. No entrará nada impuro o que haga abominación, ni mentira. No habrá más maldición. Veremos su rostro y su nombre estará en nuestras frentes. No habrá necesidad de lámpara, ni de luz del sol porque Dios lo iluminará y el Cordero será la lumbrera, y reinarán por los siglos de los siglos.

Estaremos conscientes en el estado intermedio en el paraíso. Nos conoceremos en el cielo, tú y yo,  y habrá gozo en la reunión. El tiempo será continuo. La vida será dinámica, pues tendremos comunión, y podremos pensar, ver, oír, gozarnos. Vivir.

Desafortunadamente, nuestro pecado ha bloqueado el camino al cielo. Puesto que el cielo es la morada de un Dios santo y perfecto, no hay lugar ahí para el pecado, ni puede ser tolerado.

¿Cómo vamos a tener entonces un lugar preparado para nosotros en el cielo, si somos pecadores? Si en el cielo no hay lugar para el pecado, y nosotros llevamos implícito el pecado en nuestro ADN, ¿Cómo podremos entrar?

Necesitamos estar limpios de pecado. Y ya sabemos, que el único que nos limpia es Jesucristo. Todos los que creemos en Él somos limpiados del pecado por su sangre, la sangre que derramó en la cruz por cada uno de nosotros, y en su momento, encontraremos las puertas del cielo abiertas de par en par.

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de Su carne, y teniendo un gran Sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.” (Hebreos 10:19-20).

Mirad: Jesús vino a decirnos cómo vivir la vida de este lado, a fin de poder vivir del otro lado de la eternidad (2Ti. 1:10). Su paso por la tierra nos dio visión para poder ver más allá de lo que se ve a simple vista; para poder ver la tierra como es en realidad, y el cielo como es en realidad.

La tierra como es en realidad, como una escuela que nos prepara. El cielo como es en realidad, como nuestra morada eterna. La verdadera meta de nuestra existencia.

Y ahora te hago una pregunta. ¿Te vas a perder todo eso?

Yo no. Yo quiero estar en ese paraíso, en esa ciudad celestial donde no habrá tristeza ni dolor. Y la única manera de poder ir allí, cuando finalice nuestro peregrinaje en esta tierra, es aprovechar el tiempo aquí, y dejar que Jesucristo sea la llave que abra esas puertas del cielo.

Aceptando a Jesús como nuestro salvador personal, y dándole el primer lugar en nuestras vidas. Reconociendo nuestros pecados, arrepintiéndonos de ellos y pidiéndole que nos limpie con su sangre. Viviendo una vida cristiana acorde a sus enseñanzas, y siendo fieles a su palabra. Con la mirada puesta no en lo que se ve, sino en lo que no se ve.

¿Lo vamos a hacer? ¿Lo vas a hacer? Yo espero que sí, porque te quiero ver en el cielo.